jueves, 14 de abril de 2016

Diario de viaje -

Ha sido un día cansado, es como si de repente la tierra toda le hubiese dado por descansar sobre nosotros, por Dios, es increíble el peso que cargamos al llegar el ocaso, es una noche fría, es un poblado solo, apenas entiendo lo que la gente dice, parecen buenos, en su tacto se dibuja el sufrimiento de sus cotidianidad. Que lindo es ver corretear los corderitos y escucharlos balar, todo cabe en las arrugas de sus manos, hasta esos balidos que escucho a lo lejos. 
Me acostumbro poco a poco al olor del lugar, a esa tierra fecunda que se me enreda entre los dedos con miles de preguntas. 
Nuestra casa esta desprovista y entra todavía el viento húmedo, techos y paredes que se caen por todos lados, aun asi se puede visionar hermosa, se nota que quien la habitó anteriormente la anidaba con amor, por los pequeños detalles presentes en las paredes, el orden para cada cosa. Toda es sencilla, sus pisos de piedra me encantan así como esa vieja chimenea que aun sirve y vaya que ha servido.
Nuestras maletas tan ligeras y nuestras almas tan pesadas. Estoy contenta hubo como preparar café, algo de pan que los nuevos vecinos trajeron, eso y unas manos entrelazadas con las mías, una ilusión grande es lo único que hay para comer ahora, espero pronto podamos sembrar algunas cosas, que ilusión hace tener una pequeña huerta, no se de ello pero ilusiona, ilusiona a montones y más ahora que hay oportunidad.
Todo el día fue limpiar y recoger, pero el final resumió todo lo que tal vez en el fondo espero de esta mi nueva vida, el cielo limpio de una noche clara, tan nítida que exhibía con lujo de detalles todas las estrellas y un cachito de luna, un frío acogedor alivianado por la hoguera en cuyo fuego crepitan los disgustos de los malos entendidos, juntos después de haberlo dado todo construyendo un sueño, su ternura alcanzó para abrazarse de mi cintura, su cabeza descansaba sobre mi canto asi que pude peinarlo con mis manos y besarla con amor y agradecimiento, alcancé a repasar su espalda cansada por sus viejos dolores y así en silencio dormitamos un rato, no hubo una palabra, pero en el aire se dijeron tantas cosas, no quedó ni tiempo, ni lugar, ni cansancio para orgullos o prejuicios, en ese momento seguíamos con las maletas menudas pero con el alma aligerada.


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