Un poeta habla de vejez, escuecen las preguntas, sangría de signos hambrientos que se enfilan en pie de guerra. Miro mis manos resecas plétoras de arrugas que no se ven, advierten prudencia y distancia de la memoria de un sentir, nada entiendo del tiempo del espejo ,mi paso es una novedad, apenas el instante de vestirme en el que me voy acomodando los zapatos y no entiendo que eso de la vida, cuando nunca supe vivir y tampoco me siento aprendida.
Cómoda siempre sentada a orillas de la muerte, chapoteo y refresco mi cara amanecida de inocencia
en las lágrimas de un sollozo de cuarenta y tantos años, no quiero despertar.
Una niñez me ladra desde la otra orilla, yo le tiro los huesos de su amor perfecto, corro a esconderme entre el lodazal que la gente llama realidad.
Renuncio, renuncio una y mil veces, obediente bebo el agua envenenada de lo que obliga, asisto puntual al réquiem, traigo velas de esperanza para la que intuyo un alma, -mi alma -.
No me vengan con heridas, rauda cicatriz y el goteo incesante razón de las espinas, escupo la fragancia con la que quieren mirarme, los pétalos suelen adornar rosarios manoseados de carencias, prefiero ser la vara inútil, esa inoportuna molestia sobre la que nadie decide nunca nada, la hermosa decapitada que atestigua lo que pudo ser y no quiso.
Lo que quiso...